“In Partibus Infidelium” (En países de infieles)

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Esta semana le toca el turno a uno de mis realizadores predilectos: Wojciech J. Has. Aunque habitualmente se suele subrayar en su trabajo El manuscrito encontrado en Zaragoza (1965), la imaginación y el color de la película que a continuación expongo, alcanzan un grado de sofisticación único.

Se trata de Sanatorium pod Klepsydra (Sanatorio bajo la Clepsidra, 1973). Un guión basado en un relato de Bruno Schulz: un tratado sobre los recuerdos, la nostalgia, el paso del tiempo y la concepción del mundo cuando aún se es un niño.

Uno de los mejores profesores que tuve en la Universidad no se cansaba de repetir que el ojo se acaba malogrando con la edad. La mirada de un niño es virgen de prejuicios o clichés. En la imaginación de un niño, cada cosa depende ontológicamente de su deseo, no existen las verdades impuestas.

De esta manera, al comienzo de esta historia el protagonista se afana en encontrar alguna pista que le indique qué camino seguir. Su padre acaba de morir y un tren fantasma le ha acercado a un viejo edificio en ruinas donde el tiempo parece haberse detenido. Se encuentra en el Sanatorio donde los muertos aún no han muerto y el presente es un deambular por estancias repletas de reproducciones del pasado.

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Como en un museo de cera, los recuerdos son manipulados desde una lógica infantil y caprichosa.

Jan Svankmajer ya señalaba en su decálogo cómo la regresión a las obsesiones infantiles son la única manera de conseguir los sentimientos y representaciones más honestas para el artista.

Aquí Honduras y Nicaragua son los nombres de dos guerreros exóticos; aquí las páginas de un almanaque viejo sirven como cheques, contratos, regalos o billetes para continuar el viaje; aquí un album de sellos puede ser la brújula que nos oriente; “aquí la muerte de su padre aún no ha ocurrido”; aquí el hueco bajo las camas y las mesas es el único callejón por donde escapar.

Todos estos juegos y mitos nos parecieron legítimos en su momento, pero al llegar a viejos los olvidamos. Quizá hayamos conocido de antemano todos los paisaje vistos durante nuestra vida. ¿Puede algo completamente nuevo suceder alguna vez? Esta es la pregunta que se hace el personaje, un viajero perpetuo mientras atraviesa un tiempo regurjitado, de segunda mano.

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El Sanatorio es un edificio que, como el ave fenix, vivió en otro tiempo un periodo de esplendor del que ahora sólo quedan las cenizas. Cada estancia está decorada con telarañas, cristales rotos, delicatessens en descomposición, goteras o vidrieras polvorientas. Entre estas ruinas de ensueño, resplandece de nuevo la llama de los momentos álgidos en la vida de sus pacientes.

Son recuerdos descontextualizados, como los héroes que creamos temporalmente para una ocasión. Vidas atrapadas in fraganti en el momento en el que su obsesión, su locura se convirtió en la verdad de su existencia. En la película; Napoleon, Garibaldi, Maximiliano o Barba Negra son maniquís de cera con los resortes necesarios para repetir eternamente la acción que le hizo célebres. Los asesinos mueven de arriba a abajo un puñal y los diplomáticos dan la mano elegántemente.

En las habitaciones del ruinoso edificio coexisten personajes de distintas épocas que se lamentan por no haber nacido más tarde o más pronto.

Sabemos que en la buhardilla descansa el padre en su cama, rodeado de aves exóticas, plumas, huevos y cagarrutas. Sin embargo, preferiríamos no subir a comprobarlo, no vaya a ser que ya nada sea como lo recordábamos. Quizá el tiempo sea demasiado limitado para abarcar todos los sucesos y tal vez haya que imaginar aquellos que se le escapan.

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¡Volvemos!

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Queridos amigos. Soy consciente del fuerte impacto provocado por mi ausencia. Estos, estoy seguro, han sido unos días de incertidumbre y oscuridad. Durante más de dos semanas he parmenecido encerrado y preso dentro del vientre de una monstruoso criatura marítima. Lo que en principio se me antojó como un viaje navideño de ensueño, acabó tornándose una pesadilla de dimensiones bíblicas.

Este año no hubo turrón ni uvas. No obstante, cuando logré librarme de la criatura, nadé hasta la costa francesa y aproveché la ocasión para disfrutar de las rebajas en un pequeño pueblo normando.

Empezamos un año nuevo: con más fuerzas, bizarradas, películas, monstruos, alucinaciones y fantasias en technicolor.

Ex Drummer. El infierno de los perdedores

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Tachar de “Políticamente Incorrecta” a Ex Drummer (2007) del belga Koen Mortier sería como decir que Odisea en el Espacio va de astronautas.

Vulgar, racista, cruel, sórdida, machista, escatológica, homófoba, enfermiza, ultraviolenta, depravada, delirante, nauseabunda hasta la perfección. Estos podrían ser los calificativos que encabezarían la lista infinita necesaria para describir una experiencia lisérgica semejante.

Sin embargo, esta no es una historia que busque emponzoñar un relato al uso para escandalizar al espectador. Simplemente, incluir el mínimo atisbo de rectitud o piedad, por parte del autor supondría frivolizar el fundamento mismo de la película.

Ex Drummer supone un viaje al interior de todos los tabús y miedos de nuestra sociedad, a algo que consideramos ajeno pero que sabemos distinguir muy bien. Un infierno que preferimos señalar con una cierta distancia.

Aquí, el Averno no se encuentra bajo el suelo sino en callejones oscuros, barrios de extrarradio, baños destartaladose o cuentos sobre maldiciones en forma de pollas colosales. Es el mundo de “los otros”.

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Todo empieza con un grupo de punk. Tres minusválidos que se presentan en el domicilio de un escritor de renombre para pedirle ser su nuevo batería. El tipo acepta sin pensarlo demasiado. Cree que su caracter cínico y distante le servirá para disfrutar de la experiencia sin que esta acabe con él. Unirse a ellos pero siempre teniendo en cuenta que podría volver en cualquier momento a su propio mundo.

La experiencia es complicada. El escritor se ve progresivamente envuelto en un ambiente corrosivo que dista mucho de su cómodo apartamento.

Como en las casas del terror, se impone la máxima de observar y participar en la atracción sin implicarse nunca de manera directa. Queda estríctamente prohibido tocar a la niña del exorcista. La experiencia es peligrosa. Todo aquello acaba mezclándose con la realidad del escritor.

¿Qué pensaste el día que murió el rey Boudewijn?- pregunta una joven estudiante que realiza su tesis sobre el dolor colectivo. La respuesta es: “¿Qué te importa nadie cuando tú estás bien jodido?”. Los personajes de esta película son camicaces egoistas. Nadie ha tenido piedad por ellos y no serán ellos quienes la tengan por nadie.

No obstante, si pudiesen abandonar sus circunstancias, entonces nos confesarían que conocen una nostalgia o un lirismo que sólo ellos comprenden.

Quizá sólo muertos tendrían el valor de echar la vista atrás y sentir piedad de sus miserables vidas.

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The Oregonian. Oír, ver y callar.

The Oregonian(2011) parece la película idónea para empezar con el blog. Digo que resulta perfecta porque hace unos meses pensé que nadie debería hacer ninguna crítica, ni escribir nada sobre ella.

Lo confieso, pondré todas las cartas sobre la mesa antes de empezar la partida. Soy un profano en esto de escribir sobre cine. Siempre lo he aborrecido. Odio a los cinéfilos que se comparan con Godard cuando beben más de la cuenta y memorizan fichas técnicas como la lista de los reyes godos.

Soy olvidadizo, despistado y a menudo olvido los finales de películas que adoro. De lo que sí me considero un fanático es de guardar celósamente todas esas imágenes que alguna vez me han hecho estremecerme. Esto implica muchas veces el no saber a qué corresponden estas escenas o cuál es su función en la película.

En The Oregonian cada momento parece ser únicamente responsable de sí mismo. Se trata de un viaje al país de las maravillas lisérgico. A primera vista, lo único que se nos presenta como razonable son los personajes, los lugares y objetos que se repiten durante todo el film. Estas piezas del relato parecen coexistir bajo la historia, mofándose de ella y resistiendo a amoldarse a una estructura que se niegan a aceptar.

La película, por así decirlo, nos familiariza con unos elementos para luego deformarlos y enriquecer el abanico de sensaciones posibles.

En esta exposición sensorial, el peso recae en motivar la implicación y creación de universos receptivos a la historia por parte del espectador. En esta película, a pesar del aparente caos e irrealidad imperante, existe algo que nos hace pensar que quizá no se trate de una abstracción sin sentido y puede que todo aquello existiese antes que la película. No en el estado de Oregon que conocemos, en otro. En uno en el que se beben cócteles de combustible para el coche y el único presente posible es recorrer una y otra vez un pasado mutante.

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¿De qué va esto?

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Bienvenidos a un nuevo blog que comienzo con la esperanza de prestarle más atención que a todos los anteriores que no pasaron del título. Sí, soy una persona inconstante.

Con Cine Barroco pretendo perfilar una visión o gusto especial que siento hacia un determinado tipo de cine. No se trata de un género, de una temática concreta o de historias similares. Aquí podréis encontrar propuestas tan variadas como cine de animación, videoarte, cine de autor, terror, ciencia ficción o incluso, ocasionalmente otros formatos alejados del audiovisual.

En definitiva, lo que pretendo es establecer un nexo entre todas aquellas obras que me llaman la atención. Reconozco que mi interés estará siempre centrado en las imagen por encima del texto dramático. Quizá por ahí vayan los tiros. Probablemente, el ejercicio se pueda resumir en encontrar todos aquellas fotogramas que me hipnotizan una vez acabada la película.

Espero poder concretar el objetivo de este blog con cada nueva entrada.

¿Sabéis ahora de qué trata? ¿el fin de todo esto? Espero que no, porque yo no tengo la más remota idea.

Foto: Bernard Faucon. “The Banquet” (1978)